EN BUSCA DEL BUEN BACALAO

Jota Cinco lleva abierto más de veinticinco años y en su interior parece que el tiempo no ha pasado. Aire antiguo de viejo mesón con cientos de dibujos y fotografías taurinas colgados de las paredes. Pero esta casa se ha consolidado por la calidad de su producto, siempre de primera calidad, con precios en consonancia, pero que no defrauda a la numerosa clientela.

La llegada de Luis Bombín, cocinero muy clásico, no ha cambiado mucho pero ha servido para añadir un plus de calidad en algunos platos. Tan poco cambian las cosas en Jota Cinco que el aperitivo es el mismo desde hace años: buena chistorra y unas bolitas de mozzarella con vinagreta bastante insulsas. En la carta, para empezar, embutidos y jamones de Joselito, una mojama excelente y latas de conservas de Ramón Peña, garantía de calidad. La misma que en el aceite del Marqués de Griñón o en la mantequilla Echiré que hay en la mesa.

De las entradas están muy buenas las anchoas frescas a la bilbaína, y no tanto los pimientos de Guernica que las acompañan. Como hemos venido a comer bacalao probamos la ensalada con vinagreta de atún ahumado, muy agradable, y las estupendas croquetas.
En los platos principales no faltan nunca las buenas carnes en preparaciones muy sencillas, o en un steak tartar que tiene merecida fama. Aceptables las mollejas de lechal con hongos. En los pescados, no valen nada los chipirones encebollados, reblandecidos e insípidos. Todo lo contrario de los bacalaos: bien el asado con ajos confitados y su cococha, o mejor aún la rueda, que incluye tres preparaciones vascas muy tradicionales (vizcaína, club ranero y pil-pil) que nos devuelven los sabores de siempre. Y además con ese punto de desalado que tanto echamos en falta en Madrid.

En los postres no cambia la línea. Vulgar el helado de pan de centeno, aceptable el helado de queso fresco y espléndida una falsa torrija con crema.

La bodega es otro de los activos de este restaurante, por cantidad y por variedad.