Una verdadera Carnicería

No, no es que saquemos nuestra vena “gore”, pero en raras ocasiones un título describe tan bien lo que se va a tratar. En este caso concreto hablamos de la apertura el pasado mes de mayo (de 2008) del restaurante La Carnicería, en la Plaza de Santo Domingo de Madrid.  Suponemos que antes de presentar al recién llegado se ha tenido entre algodones a la criatura hasta considerar llegado el momento de que demuestre lo que vale.

A la Carnicería se va a comer carne de toda clase y condición, no en vano sus propietarios lo son también de una distribuidora cárnica asentada en Mercamadrid, Solobuey, así que las quejas, si las hubiera, no es de esperar que lleguen por la calidad del producto. Además de carnes de la Sierra de Guadarrama y gallegas, cuenta el restaurante con una amplia variedad de carnes exóticas (búfalo,  gacela,  canguro, antílope o impala) o muy exóticas (v.gr. camello, oryx, ñu,  cebra,  kudú y eland), tanto que de algunos de estos animales alguien habrá que no haya oído hablar en su vida.

Y poco más debe haber en la Carnicería, que ya es bastante todo lo anterior, el desideratum para las legiones de carnívoros madrileños. Alguna ensaladita, raciones para tomar en barra y platos de cuchara para algún raro al que no le guste la carne, pero no nos engañemos, con este nombre y esos antecedentes, raro será que alguien pase por allí a tomarse un rape a la bilbaína. Vayan afilando los cuchillos y, si les parece pertinente, la lengua.

Un comentario en “Una verdadera Carnicería

  1. Acudimos al restaurante el domingo 19 de diciembre de 2010. Nos ofrecen la carta, y elegimos un menú de Navidad para 8 más la degustación de brochetas. Tras una inicial confusión a la hora de traer el chuletón, la cosa pasó a peores cuando el camarero insinuó que estábamos equivocados y que habíamos pedido un menú ofertado en la entrada, no el de la carta. En lugar de intentar reconducir la situación, comentó a uno del grupo que no “se hiciera el listillo”.

    No nos lo podíamos creer. Un restaurante donde el camarero se pone chulo frente al paganini (mejor, frente a un grupo de 8 paganinis dispuestos a comilona y copas), y le llama “listillo”. El único valor añadido de un camarero es, precisamente, saber tratar al cliente con psicología y savoir faire, porque los platos me los traigo de la cocina yo si hace falta. Sólo le pido un poquito de respeto y educación, incluso si la persona a la que atiende no muestra lo mismo, PORQUE ESE ES SU TRABAJO.

    Nulo. Cero. Cero al cuadrado, cero por cero, nada por cero, cerísimo, menos que cero, -1.

    Reivindico servicio de calidad en España ¡YA!

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