TRADICIÓN FAMILIAR

Fuera del País Vasco, es Madrid el lugar que cuenta con más asadores. Hubo una época en que los pelotaris, al acabar su vida deportiva, abrían un restaurante, casi siempre un asador. Entre ellos los más célebres fueron los hermanos Ansorena, Miguel y Rafael.El primero puso en marcha el Asador Frontón, primero en Tirso de Molina y más tarde en Pedro Muguruza, y en la actualidad regenta los asadores Imanol. Rafael, por su parte, fundó el asador que lleva su apellido y que es uno de los clásicos de la capital.

En Ansorena se sigue comiendo muy bien, siempre que uno no se salga de lo establecido, o lo que es lo mismo, de los cuatro o cinco platos de referencia.
Como es fundamental, la carta de Ansorena se sustenta en la calidad de las materias primas, siempre bien seleccionadas, y en el buen manejo de la parrilla de carbón de encina, que se encuentra a la vista de los comensales y en la que se hacen lentamente grandes piezas de carne roja y pescados del Cantábrico. El comedor, algo incómodo, se ajusta al modelo clásico de asador con detalles cuidados.
A Ansorena se va sobre todo a comer carne. Chuletones de vacuno mayor que no son de buey como indica la carta (el auténtico buey llega de vez en cuando, conviene estar al tanto) pero sí piezas bien escogidas de vacas gallegas en las que se cuida sobre todo el tiempo de maduración en cámara, que ronda las cuatro semanas. Se consigue una carne de sabor poco habitual que se refuerza con el punto exacto de parrilla para conseguir que quede bien sellada al fuego por fuera y roja y jugosa por dentro. Llega a la mesa en una fuente caliente. También se hacen en la parrilla algunos pescados como el rape, el rodaballo, el mero o el cogote de merluza, siempre de buena calidad. Otras dos opciones tradicionales de la casa son el bacalao al pil-pil, muy bueno, y las cocochas de merluza rebozadas, algo reblandecidas. Antes, para abrir boca, se pueden tomar unas berenjenas, hechas también en la parrilla y de corte excesivamente grueso, o unas excelentes alubias de Tolosa con sus sacramentos.
Los postres no se salen del guión. Aceptable arroz con leche, buena panchineta y correcto queso de Idiazábal. Carta de vinos corta y muy clásica, con predominio abrumador de riojas y riberas.