VOLVER A EMPEZAR

Rodrigo Martínez, director de sala de El Olivo durante muchos años a las órdenes de Jean Pierre Vandelle, se ha quedado con el establecimiento tras la jubilación del cocinero francés, conservando el nombre y, de momento, buena parte de ese estilo de cocina mediterránea ligeramente afrancesada.  

En esta nueva etapa la carta no ha cambiado demasiado. Las frituras mantienen su buen nivel. Ahí están para demostrarlo, bien fritas y desengrasadas, las tortillitas de camarones o la tempura de verduras. O las pequeñas y agradables croquetas de buey de mar. Pero también unos delicados mejillones enanos en cazuela con salsa de nata y manzanilla de Sanlúcar, o una ensalada de sardinas marinadas, excesivamente especiadas, sobre una picada de tomate y berenjena.

Todo muy mediterráneo, con sugerencias fuera de carta aprovechando los productos de temporada como los hongos a la provenzal, aunque en este caso algo grasientos. En los platos fuertes, los pescados reciben un buen tratamiento, siempre en preparaciones sencillas que respetan la calidad del producto. Se mantiene el estupendo rape a la plancha con salsa de aceitunas negras, perfecto equilibrio de sabores, y la merluza hervida en su corto caldo, preparación elemental pero siempre satisfactoria. Decepciona, por su escaso sabor, un tartar de atún rojo, todo lo contrario que el bacalao confitado con una emulsión de espárragos blancos.

En cuanto a las carnes, se mantiene un clásico, la carrillada de cerdo ibérico al vino de la Ribera del Duero, y resulta excelente el pichón en dos cocciones.

En los postres tampoco hay demasiadas sorpresas, aunque el nivel está por debajo del resto. La tarta fina de manzana, bastante reseca, ya no es lo que fue, y tampoco llaman la atención las insípidas torrijas con helado de anís. Se mantiene bien el helado de oloroso viejo.

En cuanto a la carta de vinos, aunque se ha reducido algo, sigue siendo muy completa y variada. Añadamos un buen servicio de sala y podemos seguir hablando de un buen restaurante.