Restaurante El Flaco, cocina thai en Madrid

El Flaco, ese estupendo restaurante escondido

Los Antecedentes

El Flaco es Andy Boman, un sueco espigado tirando a escuálido que regenta el que probablemente es el mejor restaurante thai de Madrid, aunque por su situación y condiciones reciba menos atención de la que merecería. Y es que el Flaco se encuentra en una ubicación muy poco comercial, en la calle Javier Ferrero, barrio de la Prospe, una zona que desde luego no se encuentra entre los destinos foodies de Madrid, ni muchísimo menos. Para entendernos, no paseas por la calle y decides entrar a probar, eso no va a suceder, al Flaco tienes que ir, y una vez que has probado la cocina de Andy, acostumbrarte a volver una y otra vez.

Hablamos en primera persona y por experiencia, ya que desde la primera noticia que tuvimos de la existencia de Andy el Flaco, en el ya lejano 2009 cuando se instaló en Madrid con Ginger Boy, hemos ido siguiendo sus pasos y siempre disfrutando de su cocina, incluso en aquella cosa tan rara que fue Amasia y que tan poco duró. El caso es que desde hace ya tres años Boman está felizmente asentado con su cocina tan personal en El Flaco, dispuesto a satisfacer a todo aquél dispuesto a apearse de los circuitos habituales, cada vez más masificados y menos atractivos.

Sobre El Flaco

Nos decidimos por El Flaco para enseñar lo que es bueno a unos amigos que se pirran por la cocina thai y que no tenían ninguna referencia del restaurante, y allá que nos fuimos dispuestos a darnos un festín una noche de sábado primaveral. Ya hemos insistido en que la localización es casi exótica, lo cual tiene una indudable ventaja: se aparca divinamente, en la mismísima puerta. Empezamos bien.

El Flaco es un restaurante de tamaño medio, capaz de acoger a 50 comensales a ojo de buen cubero en un local sinuoso en forma de U. No destaca por una decoración especialmente atractiva pero resulta funcional y cómodo. Ocupamos una mesa redonda junto a la entrada, en la que recibimos una atención cordial y muy profesional. Esto marcha.

Y de comer, ¿qué?

Para comenzar nos convidaron a un excelente gazpacho, o sopa fría de tomate que se le aproximaba mucho, con toques cítricos muy presentes que lo hacían sabroso y muy refrescante. Prometedor. Después llegó, de sopetón y sin aviso, un plato que resultó sobresaliente según el criterio de toda la mesa: un tataki de atún simplemente delicioso. Atún sabroso, perfectamente marinado y muy bien combinado con naranja y albahaca. Un acierto completo que supo a poco, puesto que la idea era compartir todos los platos que pudieran ser compartidos, así que las torvas miradas que se cruzaron mientras dábamos cuenta del bendito tataki son suficiente prueba de su excelencia. No obstante, superado el trance sin que la sangre llegara al río, recuperamos los buenos sentimientos y la amistosa armonía en cuanto desapareció aquel oscuro objeto de deseo en forma de túnido.

Continuamos con unos spring rolls de pato braseado y salsa de ciruela, envueltos en la consabida hoja de lechuga y menta. Muy ricos, nada grasientos, sabrosos y agradables, pero seamos sinceros, rollitos al fin y al cabo. Prescindibles, aunque nada que lamentar. Mucho mejor resultaron los ssam de rodaballo con una salsa picante de chipotle. Un bocado espectacular que a todos encantó. Como había uno por barba no se cruzaron insultos y el episodio fue superado sin incidentes que reseñar. ¿Para repetir la próxima vez? Definitivamente, sí.

Las pruebas más duras estaban por llegar

Uno hubiera pensado que si la amistad y ese notable espíritu de franca camaradería que reinaba en aquella mesa había resistido el suceso del tataki de atún, el resto era pan comido. Nada más lejos de la realidad. Con estas cosas nunca hay que bajar la guardia, una dura lección que aprendimos aceleradamente cuando llegaron los dichosos baos: tres de panceta cocida en caldo cantonés y luego frita y otros tres de langostino, curry rojo y avellanas. ¿Se puede compartir un bao? La respuesta es no,  so pena de que el camarero tenga que llamarte la atención e invitarte a abandonar el local. Al primer bocado se rompe ese maravilloso equilibrio inestable en el que se presentan y lo que viene después no precisa descripción, la amable audiencia sabrá hacerse cargo. Estábamos ante un dilema que se resolvió con relativa civilidad y sólo aparente despreocupación: unos, ellos, se ventilaron el bao de panceta, otras, ellas, dieron buena cuenta del langostino y todo lo que le rodeaba. En ambos casos rápido, no fuera a ser, entre ruidos (sí, ruidos, no sonidos) guturales de satisfacción y retadoras exclamaciones de dudoso gusto y siempre en el mismo sentido: «¿ves como siempre acierto yo?»

El ambiente había enrarecido sin aviso, y estaba a punto de empeorar por mor de dos platos realmente buenísimos, un curry verde de mar con corvina, escoltada por langostinos, mejillones, chipirones y albahaca thai por un lado, y el secreto ibérico con curry massamam por otro. Con los antecedentes descritos el sagaz lector debe entender que lo sucedido entre la llegada de los platos a la mesa y su inmediata desaparición sucedieron situaciones desagradables que nunca deberían tener lugar entre personas adultas y razonablemente nutridas, no digamos si se consideran amigos, así que nos ahorraremos los detalles. Para cerrar este episodio diremos que sólo por estos dos platos El Flaco merece una visita al menos mensual.

Satisfechos como estábamos, y con la ventaja de saber ya cada cual con quién compartíamos mesa, firmamos un armisticio definitivo y pasamos al capítulo de los postres. La batalla había sido cruentísima y había que reconciliarse, no quedaba otra, así que elegimos crème brûlée con maracuyá y mango verdaderamente buena, y la tarta de chocolate y plátano coronada por una especie de marshmallow tostadito también muy rica. Un final dulce y reconfortante que aparentemente devolvió las cosas a su situación inicial, o eso nos gusta pensar. En cualquier caso todos sin excepción salimos de El Flaco más que contentos, habiendo disfrutado de una cena espectacular por unos 50 euros por persona, y con nuevos conocimientos sobre la oscuridad del alma humana…..

EL FLACO

Restaurante | €€€€€€
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Javier Ferrero, 8 Madrid
+34 911 99 65 02
Cocina: ImaginativaInnovadoraDe mercadoFusiónDe autorCreativa